domingo, 20 de junio de 2010

Retro




El tío Felipe, hermano de mi abuela, tenía una camioneta parecida al jeep, muy grande, todo cabía, todos cabíamos, recorríamos el largo camino a Tetepango y las distancias parecían ser siempre más cortas.
Mi abuelo siempre quiso una, ahora la tiene ... y todos cabemos.

miércoles, 16 de junio de 2010

Presumida presumida

A continuación un texto mío que se publicó hoy en la sección de cultura de El Financiero (si, cul-tu-ra) como parte de una compilación de 15 miradas femeninas al futbol. Enjoy

XD

Reflejo citadino

Viridiana Mendoza Escamilla

reportera de finanzas internacionales


Amo el futbol. Soy una de las millones de mujeres que viven lejos de su lugar de trabajo, camino aprisa por las escaleras del Metro por la mañana y recorro cansada los largos tramos de tráfico en microbús por la tarde.

Un partido de México en hora pico es un sinónimo automático de reducción del tráfico, las calles comienzan a vaciarse unos minutos antes del primer silbatazo y para cuando empieza el himno los autos están ya guardados.

El Metro es también un lugar mejor cuando hay futbol: una puede subirse sin tener que ir al vagón exclusivo para mujeres, no hay que cuidarse tanto de los arrimones porque son varios los señores que prefieren quedarse con su radio y audífonos en el andén para no perder detalle de esa jugada (ésa: con posibilidad de convertirse en gol en cualquier momento).

Las televisiones en los paraderos se atiborran y las señoras de los puestos hacen la venta fuerte del día: un dulce, unas galletas, una botella de agua para mojar a los amigos de la pura emoción de ganar.

Hay una sonrisa en el chofer del colectivo de la ruta directa, aun cuando su rostro está cansado. Va atento escuchando las jugadas, recorre el Periférico sin congestiones, parece que su vehículo se mueve al ritmo de ese balón que no ve pero se lo imagina a medida que los comentaristas describen el encuentro.

Las calles que siempre lucen tristes y llenas de hastío se llenan de cuadritos verdes cuya luz sale de las ventanas; todo adentro es fiesta, y afuera es paz.

Uno sabe que hay un gol porque alguien grita, luego se desata una orquesta de cláxones, las banderas salen de las ventanillas o se desprenden de las antenas de radio de los autos.

Es extraño ver cómo un juego transforma la realidad cotidiana. El medio tiempo se traduce en un movimiento de niño dormido para la ciudad: la gente sale por un momento a tomar el fresco y unos cuantos automovilistas hacen esfuerzos por llegar a su destino antes de que los jugadores terminen con el cambio de portería.

Nuevo silbatazo y el caos frena en seco. Empieza la mejor parte: el segundo tiempo. ¿Otro gol? ¿Lo anularon? El partido sigue, la pelota está en el aire, ¡fuera de lugar!, el añadido, último silbatazo, he llegado a casa.